Archivo para Enero, 2010
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26 Martes, Enero 2010
Es que no me hacen caso
Un jefe tiene que hacer hacer. Y con eso no me refiero a que tenga que hacer el doble, sino a que su trabajo consiste, básicamente, en conseguir que los otros trabajen. Fíjense en Pep Guardiola, el entrenador del sextacampeón Barça. Él no mete los goles, ni siquiera corre la banda o da los pases. Pero, desde el banquillo, consigue que sus jugadores formen un auténtico equipo. Les dice lo que tienen que hacer y dónde se tienen que colocar en el campo; pero no lo hace por ellos, ni los anula. Al contrario: les refuerza su personalidad, los tiene contentos y, así, consigue que saquen lo mejor de sí mismos.
Por supuesto, para conseguir eso, algunas veces los jefes (incluido Guardiola) tienen que mostrarse firmes, intransigentes e, incluso, dar un puñetazo en la mesa. Otras tienen que llegar a expulsar a los revienta-vestuarios del equipo. Y, lo más difícil de todo, en ocasiones, no les queda otro remedio que sorprender a las personas cuando lo están haciendo bien. Y, sí; lo entendieron perfectamente: hay que sorprenderlos precisamente cuando lo están haciendo bien. Hay que resaltar lo positivo; eso es lo que hacen los buenos jefes.
Ver y criticar los errores es muy fácil. Muchos jubilados que miran las obras lo hacen. Pero hay que ver cuánto nos cuesta reconocer el trabajo bien hecho, decir una palabra amable, admitir incluso que tu propio equipo está por encima de ti. Cuesta mucho (mucho más que dar cuatro voces o echar una bronca) pero cuando se hace, se empieza a notar que las cosas avanzan y que el grupo gira la cabeza para mirar, todos, en la misma dirección.
Y esa, esa es la principal diferencia entre “potestas” y “autoritas”. O entre autoridad de función y autoridad de prestigio. Lo explico: la “potestas” es el título, el papel con sello oficial, la placa en la puerta que nos dice que una persona es el jefe. Y la “autoritas” es la capacidad de esa persona para hacerse entender, respetar y, por supuesto, obedecer. Pero no se equivoquen, no hay que escoger entre una y otra. Ninguna es mejor que su complementaria; las dos son necesarias. O, dicho de otra manera: tan malo es no reforzar a una persona que tiene ascendente sobre los demás con un título que lo soporte, como ofrecer un nombramiento al que no es capaz de hacerse respetar, y mucho menos acompañar, por su futuro equipo.
Si el prestigio no viene acompañado de la función corremos el riesgo de construir castillos en el aire. Es muy fácil tener carisma cuando no se tienen responsabilidades. Y también es muy fácil perderlo si esa situación de promesa se prolonga demasiado en el tiempo. Piensen en el príncipe de Gales, Carlos de Inglaterra. Está cerca de la edad de jubilación pero sigue siendo el eterno aspirante. Y eso, se mire por donde se mire, no tiene ningún sentido. Debe haber un equilibrio entre la responsabilidad realmente asumida y el cargo ostentado. Y, por supuesto, también debe haber un equilibrio entre el sueldo percibido, la responsabilidad ejercida, los resultados alcanzados y las demás circunstancias. Es un todo y cuando el equilibrio no se da, estamos haciendo el tonto. Eso de que uno ostenta el título y otro, normalmente el segundo, ejerce la función es un error mayúsculo. La función y el título deben ir juntos y, como los cambios de circunstancias son continuos, hay que ser ágiles a la hora de trasladarlos al papel o al boletín oficial. Ni es bueno trabajar en la sombra sin reconocimiento, ni es bueno exponerse a los focos sin tener los méritos para ello.
Y no hay que confundir esto con el trabajo en equipo o con la delegación de funciones. Se parece pero no es igual. En lo de delegar, por ejemplo, hay mucho mito. Delegar el trabajo es muy fácil; muy cómodo incluso. Lo realmente difícil es delegar la responsabilidad. La fama de caraduras que tenemos muchos jefes viene precisamente de ahí: de delegar las tareas mientras mantenemos el cargo y las prebendas para dedicarnos a verlas venir. En este sentido, hay tres tipos de jefes jetas: los incas, los aztecas y los mayas. Lo explico en pocas palabras: los jefes incas son los que estamos todo el día pero, directamente, no la “incamos”; somos fáciles de reconocer. Los jefes aztecas, por el contrario, somos los que vamos un par de horas al día; aunque, en ese tiempo, lo único que decimos es: tú, “aztecargo” de esto y tú, “aztecargo” de aquello. Y, finalmente, los jefes mayas somos los que entramos, con prisa, por una puerta y salimos, por la otra y, de la que pasamos corriendo, nos limitamos a preguntar: ¿“mayamao” alguien?, ¿a que no “mayamao” nadie?
Así que ya saben: si quieren ser buenos jefes, sean coherentes, trabajen, respeten a los demás pero, sobre todo, empiecen por respetarse a ustedes mismos.Os invito a ver Organigrama VIR en forma de Flor
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07 Jueves, Enero 2010
Pedir peras al olmo
Un empresario tiene que transformar lo inseguro en seguro. Eso forma parte de su oficio. Los pedidos entran o no entran, los beneficios llegan o no llegan, los gastos suben o suben todavía más… Todo eso es inseguro, es voluble, es variable. Pero los salarios, no. Los salarios son seguros. Los salarios hay que pagarlos caiga quien caiga, sea invierno o verano. Igual que las facturas, los créditos o los impuestos. Y el que no lo consiga hacer; el que no consiga generar una mínima seguridad a sus clientes, a sus proveedores, a sus trabajadores, a sus accionistas y a la sociedad en general; el que no consiga transmitirles una confianza suficiente en la viabilidad de su negocio, ése nunca será un verdadero empresario.
No es fácil; nadie dijo que lo fuera. Entre otras cosas, para poder hacerlo, cada empresario debe comprometerse al nivel de seguridad que pueda garantizar. Ni más ni menos. Si se queda corto, corre el riesgo de arruinar una buena idea por falta de inversión, por desinterés, por cobardía. Pero, si se pasa, y crece demasiado rápido, puede acabar matándola de éxito. Un empresario que no se arriesga no es un empresario. Pero un empresario que se compromete a más de lo que debe, deja de ser un empresario para pasar a ser un temerario.
“Dimensión óptima de negocio”; así es como se conoce, en plan elegante, ese punto de equilibrio tan difícil de alcanzar. Y no hay fórmulas mágicas. Por una parte, como digo, se trata de convertir ideas en proyectos, conocimiento en dinero y talento en resultados. Y, por la otra, se trata de hacerlo en la proporción adecuada.
En esta vida no hay nada absoluto (salvo la muerte y los impuestos) y por eso resulta absurdo pretender que los empresarios ofrezcan garantías infinitas cuando a ellos nadie se las da. Por eso, como empresario, me atrevo a darles un consejo: no lo intenten. No le pidan peras al olmo. No fuercen a los empresarios a garantizarles lo que no les pueden garantizar.
Hace años, un escritor conocido me contó cómo un editor, más conocido todavía, estaba muy interesado en ficharle para su sello. Lo llamó, lo citó en su gran despacho y le dijo:
- Quiero que trabaje usted para mí. Pídame lo que quiera. Le puedo firmar un quince o un veinte por ciento (del porcentaje de ventas para derechos de autor). Pídame lo que quiera, que se lo firmo ahora mismo… Pero, eso sí: tenga usted muy presente que yo siempre le pagaré un diez.
Es difícil decir las cosas más claras. El compromiso real, el que se puede asumir, llega hasta donde llega. Y la habilidad del trabajador está en conocer esos límites: los suyos y los de la otra parte. Bueno, como en cualquier otra negociación. Y una vez que se conocen esos límites, hay que saber asumirlos y hay que llegar a un acuerdo. Y entonces sí: entonces es el momento de exigir el cumplimiento de lo pactado.
Yo sé que mucha gente, cuando oye eso de la moderación salarial o de la flexibilidad laboral, piensa que son estrategias de los de siempre para seguir exprimiendo a los de siempre. Que son faroles que se echan los negociadores de la patronal para conseguir condiciones más ventajosas frente a los sindicatos, ahora que hay crisis. Sé que mucha gente cree que la moderación salarial solo se aplica al sueldo de los currantes y nunca a los beneficios de los propietarios. O que la flexibilidad laboral consiste en que los jefes puedan despedir a cualquiera, sin tener que pagar indemnización alguna, y así tener a todo el mundo bien domesticado. Yo, todo eso, ya lo sé. Lo que no sé es si tenemos igual de claro que, como sociedad, si seguimos empeñados en no hacer caso de nada de lo que digan los empresarios, si despreciamos todo lo que están haciendo, y si les obligamos a asumir aquello que no pueden asumir, es probable que nos estemos perdiendo todo lo que pueden asumir y mucho de lo que les podríamos exigir.
Claro que, a quién le importa lo que digan o hagan los empresarios, si para lo único que valen es para crear empleo…
