Archivo para la categoría ‘Estrategia empresarial’
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10 Lunes, Mayo 2010
Mi hija no va a pasar lo mismo que yo
Educación y mundo: ése es el mejor regalo que le podemos hacer a nuestros hijos. O a nuestras hijas. Y es verdad que no es gran cosa. Es más: ni siquiera les va a garantizar la felicidad. (Bueno, en realidad no va a haber nada que se lo garantice). Pero, eso sí, la buena educación y el mucho mundo les van a proporcionar, a ellos y a nosotros, dos herramientas muy útiles. De hecho, les van a proporcionar la mejor de las brújulas y el mejor de los mapas para moverse en esta vida tan complicada que nos estamos montando entre todos. Mucho mejor que el dinero o que un piso en propiedad.
Hay biografías muy duras; vidas que nadie quiere repetir. Y no hace tanto tiempo de todo eso. Algunas de nuestras abuelas, por ejemplo, vivieron una existencia tremenda: esclavas de la tierra, prisioneras de la casa, trabajando desde niñas, cuidando de padres y hermanos, haciéndoles la cena y lavándoles la ropa. Todo el día disponibles, sin protestar, sin poder opinar ni tomar decisiones por ser mujeres. Teniendo que dejar la escuela en cuanto aprendieran a leer y las cuatro reglas. Sin futuro profesional propio. O sin otro futuro que no fuera casarse jóvenes para poder escapar de todo aquello. Algunas lo consiguieron: algunas trabajaron duro, prosperaron, llevaron una vida digna y salieron adelante. Otras no; otras fueron a peor. Y es que, muchas de aquellas niñas, sin mundo ni formación; sin brújula ni mapa; acabaron prisioneras de maridos inútiles que las respetaban todavía menos que sus padres.
No hace tanto de todo aquello. Y mucho de lo que nos pasa hoy viene de ahí, de ese desprecio ignorante por la tierra y por la gente. De ver cómo la propia casa se derrumba y la familia se arruina porque las decisiones las tiene que tomar el más tonto de todos solo porque es un hombre. De ver cómo se deja morir lo que los mayores levantaron con tanto esfuerzo. De preferir quemar un monte antes que permitir que otros se aprovechen de él. ¡Cómo no va a quedar vacío el campo! ¡Cómo no se van a abandonar las casas! ¡Qué madre quiere para sus hijas un futuro así! No, hombre, no. Solo los cobardes y los acomodados están condenados a repetir la historia. Los desesperados, no. Y, por eso, en cuanto la niña cumple veinte años, con los cuatro duros que se pudieron ahorrar, la subimos en un ALSA y la mandamos a cualquier parte. Donde sea. A trabajar de lo que sea porque nada va a ser tan duro como lo que deja atrás. No. Mi hija no va a pasar lo mismo por lo que pasé que yo.
Todo está relacionado. Nada es por casualidad. Por eso la educación no puede consistir solo en aprender a escribir y las cuatro reglas. O física cuántica y lógica comparada. No. La educación es mucho más. La buena educación debe servir para formar ciudadanos autosuficientes y útiles a la sociedad. Para entender que todo lo que recibamos de los otros lo debemos devolver con creces. Y viceversa: para entender que debemos ofrecer a la sociedad aquello en lo que creemos ser realmente buenos. Esa es la teoría y, la verdad, no es tan difícil. Piénsenlo: cuando una persona es autosuficiente, termina siendo útil para la sociedad; y cuando una persona es útil a la sociedad, termina siendo autosuficiente. ¿El truco? Que la mentalidad positiva, el círculo virtuoso, se acaba transmitiendo a todo el entorno y termina volviendo a nosotros con efecto multiplicador.
Y luego está el mundo: la experiencia, la práctica, la mentalidad abierta, conocer otros puntos de vista, vivir otros puntos de vista, viajar, tratar con gente distinta a nosotros. Eso es el mundo y por eso son tan importantes los idiomas. No solo porque sean útiles para preguntar una dirección o pedir una factura; que también; sino porque nos permiten entender mejor la forma de pensar de los otros. Entender su forma de pensar y su forma de explicar su mundo. Y, así, entendiendo a los otros, podemos acabar entendiéndonos mejor a nosotros mismos. Y valorando lo de los otros, podemos llegar a valorar mejor lo nuestro. Y ver que las casas, las haciendas, los montes, los trabajos, las familias, las personas, en definitiva la tierra de los otros, no es mejor ni peor que la nuestra. Es distinta. Y solo si la respetamos y nos respetamos a nosotros mismos podremos prosperar. Nosotros y nuestras hijas.
Educación y mundo, ésa es la clave.
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08 Jueves, Abril 2010
Enhorabuena: se puede pegar al jefe
Ya ven, pegar a un jefe no es causa de despido. Y no lo digo yo, lo dicen unos señores jueces muy sabios, muy preparados y muy sensatos. En concreto, los señores magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía que entienden que «la agresión física al jefe, empujándole hasta hacerle perder el equilibrio y lanzar al aire patadas de kárate con el objetivo de alcanzarle, no reviste la gravedad exigible para constituir causa de despido». Así están las cosas.
Vamos a los hechos: un alto directivo de una inmobiliaria (tal como lo califican en el propio auto) al sospechar que iba a recibir una carta de despido por disminución de su rendimiento en el desempeño de su cargo (ya saben que últimamente la cosa está muy mal y no se vende ni un piso) reaccionó insultando a su jefe. No leyó ni abrió la carta, sino que, al sospechar su contenido, directamente, empezó a llamar a su empleador ‘cobarde’, ’sinvergüenza’ y ‘ladrón’ y le dijo ‘en tono desafiante’, y sigo citando: ‘me da igual ir a la cárcel, te perseguiré e iré a tu casa a hacer justicia’. Y no crean que quedó ahí la cosa. No. Porque nuestro alto directivo siguió empujando a su jefe ‘repetidas veces’ hasta ‘hacerle perder el equilibrio’ y, menos mal que algunos de los presentes le sujetaron ‘para evitar que la agresión fuera a más’, porque nuestro frustrado amigo ‘lanzaba patadas de kárate al aire, con la clara intención de alcanzar al empresario’…Como digo, la cosa se puso tensa y, como esta primera carta de despido no se pudo llegar a entregar, lo que hizo la empresa fue añadir estos hechos como motivo adicional para, digamos, un segundo despido. Y ahí estuvo la madre del cordero, porque fueron precisamente estos hechos añadidos los que el tribunal entendió que, por poder, podían ser sancionados por el empresario. Hasta ahí podíamos llegar, pero, eso sí, nunca con el despido.
Tecnicismos aparte, esta sentencia descansa en una concepción paternalista de las relaciones profesionales. Se parte de la idea de que hay una parte fuerte, el empleador, y una parte débil, el empleado, al que, por supuesto, hay que proteger y amparar. Y, así, el tribunal valoró que si el empleado actúo de manera violenta fue ‘porque intuyó que iba a ser despedido’; consideró que ’si bien está cuestión primordial no justifica un comportamiento, sí atenúa su gravedad’ y remató insistiendo en que ‘hay que conectar las expresiones que utilizó para referirse a su empresario con la situación y contexto en que el actor se encontraba en ese momento’. Y, bueno, eso es lo que hay: tolerancia y comprensión para una parte, frente a rigidez y formalismos para la otra.
Todo esto contrasta con otra resolución judicial, también muy reciente, en la que un ciudadano tuvo que pasar la noche en el calabozo por haber llamado ‘gocha’ a su ex mujer a través de un SMS. Resulta que, al ir a recoger a los niños, el hombre consideró que éstos, vamos a decir, no cumplían los mínimos de higiene y decoro en el vestir y no se le ocurrió otra cosa que hacérselo saber a su ex pareja a través de un mensaje de móvil, añadiendo que no lo iba a volver a consentir. La mujer, entonces, se consideró ofendida y amenazada y, amparándose en la ley de violencia de género, lo denunció. Y, tal como están las cosas, la policía hizo lo que se espera de ella: detener al demandado sin pararse a preguntar. Y al cuartón.
Es decir: se puede llamar ‘cobarde’, ‘ sinvergüenza’ y ‘ladrón’ a un jefe; se le puede amenazar ‘en tono desafiante’ con ‘perseguirle e ir a su casa a hacer justicia’; se le puede empujar ‘repetidas veces’ hasta ‘hacerle perder el equilibrio’; y se pueden ‘lanzar patadas de kárate al aire, con la clara intención de alcanzarle’. Todo eso se puede hacer y tiene la comprensión de un tribunal. Pero, cuidado, porque no se puede llamar ‘gocha’ a una ex mujer, y mucho menos en un SMS. Y yo me pregunto ¿Qué pasa si la jefa a la que se amenaza es una mujer? ¿Qué baremo aplicamos? ¿Y si, por circunstancias de la vida, la jefa a la que se amenaza es la ex mujer del empleado? ¿Qué baremo aplicamos? ¿Y si la persona que insulta, empuja, amenaza y lanza patadas de kárate al aire es el jefe? ¿Qué baremo aplicamos? ¿Y si ese jefe que amenaza es una mujer? ¿Qué baremo aplicamos? ¿Y si esa jefa que amenaza es la ex mujer del empleado? ¿Qué baremo aplicamos? ¿Y si esa jefa que amenaza es la ex mujer de la empleada…? En fin, que todo esto es muy complicado y, en mi opinión, todo parte del mismo error de concepto: que seguimos empeñados en considerar que, en una relación laboral, el empleador es, siempre, la parte fuerte y el empleado es, siempre, la parte débil.
Y, bueno, por lo menos desde el punto de vista del kárate, eso no siempre es así.
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21 Lunes, Diciembre 2009
Despedir al jefe
Soy de la generación del un, dos, tres. Ya saben; aquel concurso de televisión con la calabaza ruperta, las secretarias de gafas imposibles, el apartamento en Torrevieja y las presentadoras del “hasta aquí puedo leer…”; un despliegue de medios tremendo. Pero, bueno, a lo que iba: al principio del programa, para explicar quién era el jefe de todo aquello, en los títulos de crédito ponían algo así como: “…y si algo falla el responsable es…”. Y aparecía el nombre de Chicho Ibáñez Serrador. Desde muy pequeño, esa frase me pareció muy acertada: “si algo falla el responsable es…”. Hasta hoy -y ya llovió- nunca encontré una fórmula mejor para explicar el liderazgo empresarial. Evidentemente, con diez años, yo no sabía lo que era el liderazgo empresarial, ni lo que significaba producir un programa de televisión o gestionar un equipo humano. Pero, con aquella expresión, ya me empezaba a quedar claro lo que significaba ser el jefe: ser el jefe suponía hacerse cargo de todo cuando algo salía mal.
Por supuesto, el jefe, el líder, el encargado de cualquier empresa puede y debe ser algo más que eso. Por ejemplo, puede recibir las felicitaciones cuando algo sale bien; debe tomar las decisiones finales cuando ya no queda nadie más a quien consultar; y está obligado a asumir siempre el coste de sus decisiones. Pero nada de eso es realmente relevante. Lo más importante, lo que define a una persona como auténtico jefe, es su capacidad para coordinar voluntades diversas, para hacer que todo el mundo reme en la misma dirección, para sacar lo mejor de cada uno y ponerlo al servicio del común. Esa es su misión. Su trabajo no es tocar cada uno de los instrumentos de la orquesta. Ni siquiera enseñar a los músicos a manejar su instrumento. Y mucho menos obligar a nadie a interpretar una partitura que no quiere interpretar. No. Su obligación, su verdadera obligación, consiste en marcar el ritmo de manera inequívoca para conseguir que los intérpretes, vengan del conservatorio que vengan, acaben llevando, todos, el mismo compás.
Evidentemente, algunos no estarán de acuerdo con el ritmo marcado. Y otros, directamente, no podrán seguirlo. Pero eso no significa que el jefe tenga que limitarse a mirar, a seducir con buenas palabras, o a conformarse con sugerir. No. El jefe debe tener la capacidad de escuchar, adaptarse, imponer su autoridad y, llegado el caso, sustituir a los que no terminen de acoplarse. Él debe responder del resultado final y aquí no vale la excusa de “es que no me hacen caso”. El jefe debe responder de lo que hace; no de lo que no le dejan hacer. Por eso, como capitán del barco, debe disponer de la capacidad de marcar el rumbo. Y debe contar con los medios necesarios para que se siga ese rumbo. Y eso incluye la posibilidad de contratar, o dejar de contratar, a aquellos miembros de la tripulación que no quieran, no sepan, o no puedan (o las tres cosas a la vez) seguir el rumbo trazado.
Claro, todo eso está muy bien y, más o menos, todo el mundo está de acuerdo, hasta que le toca. Pero, entonces: ¿Qué pasa cuando el jefe hace mal su trabajo? ¿Quién lo despide? O, dicho en términos más directos: ¿Se puede despedir al jefe? ¿De verdad que se puede despedir al jefe?
Pues sí; claro que se puede. Y, en muchas ocasiones, se debe. Si el ritmo marcado no es el adecuado, o si el rumbo trazado no lleva a buen puerto, es el jefe el que debe responder. Y si el error es pertinaz; es decir, es continuo y reiterado; no queda otra salida que el despido. Y, desengáñense, los detalles, luego, no son tan relevantes. El quién, el cómo y el cuándo se debe proceder al despido de un jefe concreto no es tan complicado. Lo difícil es tener claro el por qué. Tener muy claro que no se llegó a buen puerto precisamente por haber seguido las instrucciones del jefe; no por haberlo desobedecido. Esa es la clave: que el jefe responda por lo que hace; no por lo que no le dejan hacer.Y, si les parece, otro día hablamos de la capacidad de los jefe para hacerse obedecer. Es decir, de la diferencia entre autoridad de prestigio y autoridad de función. O dicho en otras palabras, y aunque suene algo más pedante, de la diferencia entre “autoritas” y “potestas”.
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27 Viernes, Noviembre 2009
Hay que echar a alguien
Nadie dijo que ser empresario fuera fácil. No lo es. En ocasiones hay que tomar decisiones desagradables y, además, hay que acertar en las formas y asumir las consecuencias. Ya saben, lo del puño de hierro en guante de seda y todas esas tonterías. Pero, bueno, no pasa nada: va incluido en el sueldo porque la de empresario es otra de las muchas profesiones en los que a uno le critican por hacer bien su trabajo. No por hacerlo mal; no (por eso, por supuesto, también). Sino, como digo, por hacerlo bien, por cumplir con su deber, por conseguir el objetivo por el que a uno le pagan; es decir, por crear y mantener negocios rentables.
En este sentido, una de las decisiones más difíciles que tiene que tomar cualquier empresario es la de despedir. Despedir a los propios trabajadores es muy duro pero, en ocasiones, es necesario para mantener la rentabilidad del negocio. Y es que no me estoy refiriendo ahora al despido disciplinario, o al que afecta directamente a una persona o a un puesto concreto de trabajo. No. Me refiero al despido general, al que no es culpa de nadie, al que sólo es consecuencia de la mala marcha del negocio, de la falta de rentabilidad; ya saben, de la crisis y todo eso.
En este tipo de despido (que, sin duda, es el peor) siempre queda una pregunta en el aire: “¿de verdad no se podía haber evitado?”. Es la típica pregunta imposible de responder. En esta vida no hay nada absoluto (a no ser la muerte y los impuestos) y, seguramente, sí: en algunos casos el despido se podía haber evitado: una mejor gestión de los costes en los años anteriores, alguna idea innovadora y eficaz que se pudo haber aplicado y no se aplicó, una mayor agresividad en las ventas para abrir mercados nuevos… Qué sé yo. Todo se pudo haber hecho mejor. Sí. Pero llegados a determinados extremos, una vez que fracasan otras medidas, cuando ya no queda nada que hacer, estarán de acuerdo conmigo en que el despido es la única solución. No es culpa de nadie, es una tragedia, supone una faena tremenda, es una auténtica put… Sí. Pero es lo que hay.
Y es entonces cuando viene la segunda pregunta, más difícil de responder que la primera: “vale, es inevitable, ya no hay vuelta atrás, hay que echar a alguien, pero entonces ¿a quién?”.
Ni al peor de mis enemigos le deseo verse en una situación como ésta. (Entre otras cosas, porque estoy convencido que alguna enemistad me gané, precisamente, por haberme visto en situaciones como ésta). Pero bueno, ni aún así le deseo a nadie tener que pasar por ello. Y no se lo deseo porque no hay solución buena; no hay respuesta acertada: esta tortilla es de aquellas que no se pueden hacer sin romper antes algún huevo.
Lo único que se puede intentar en momentos así es causar el menor daño posible, actuar con la mayor honestidad de la que uno es capaz, minimizar los malos efectos, los daños colaterales. Y ahí es donde aparecen varios criterios, a tener en cuenta. Varios argumentos que nos pueden servir como referencia en una situación como esta. A mi se me ocurren seis. El primero de todos es el de la antigüedad. Es decir, empezar despidiendo a los últimos que entraron. Es un criterio simple y fácil de entender y, en ocasiones, resulta una buena opción. Pero, en otras, precisamente por su simpleza, puede ser tremendamente injusto. Otro criterio podría ser el de la funcionalidad: decidir por secciones. Es decir, despedir en función del departamento. No me parece buena idea, la verdad, pero es cierto que, en ocasiones, hay que considerarlo: parece lógico empezar adelgazando por los órganos más alejados del corazón del negocio. Un tercer criterio puede ser el coste; el coste del despido mismo. Ya saben, existen enormes diferencias entre las indemnizaciones de los contratos blindados y los contratos basura. Y aunque, sin duda, este es el criterio más injusto de todos, estas diferencias son tan grandes que resulta imposible no tenerlas en cuenta. De hecho, este es el criterio que está condicionando más despidos actualmente. Una cuarta solución podría estar en las cargas familiares: empezar despidiendo a aquellos que tienen menos familia que atender. La intención puede ser buena, pero los efectos son muy perversos. (Entre otras cosas, tonterías así son las que siguen provocando que algunas mujeres cobren menos que los hombres por igual trabajo). En quinto lugar, por supuesto, también está el criterio del enchufismo. Solo que, en este caso, al revés: echar a los más antipáticos. Sinceramente, no sé cuantos empresarios se dejan llevar por canalladas como ésta, pero les garantizo que tienen todo mi desprecio. Y, por último, en sexta posición, está el baremo de la profesionalidad: despedir a los peores, a los que menos aportan. Se parece algo al de las secciones, pero no tiene nada que ver. Y es que aquí no se valora el departamento, la función o la contribución económica directa al negocio. No. Aquí se valora a la propia persona; al profesional. Y, precisamente por eso, a mí es el que más me gusta.
Pero ¿saben qué? que ninguno de ellos es perfecto. Y la verdadera perfección sería no tener que utilizarlos nunca. -
09 Viernes, Octubre 2009
Podemos salir de esta
Tres marineros iban en un barco. Todo iba bien hasta que el viento dejó de soplar. El primer marinero, el pesimista, se empezó a lamentar: «Qué mala suerte, nunca llegaremos a puerto, no hay nada que hacer». Y, como la solución no dependía de él, se encerró en el camarote a protestar. El segundo marinero, el optimista, dijo: «No pasa nada, el viento va a volver a soplar, no hay de qué preocuparse». Y se tumbó en una hamaca a silbar porque, desde su punto de vista, la solución tampoco dependía de él.
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