• 29 Martes, Junio 2010

    Yo gestiono mi estado de ánimo

    Bien, mi secretaria me ha asegurado que esta vez nadie me va a molestar. Alineo mi columna, hago rotar mi cabeza en ambas direcciones cinco veces, mientras respiro profundamente y siento unos suaves “crecs” en mis vértebras. Abro los ojos de nuevo y tengo la sensación de que me estoy mareando. Me repito en mi interior: “Imposible, sólo se marean los que esperan marearse”. Bien, esto funciona, darse instrucciones positivas da resultado. Yo soy el único responsable de mis emociones. Yo gestiono mi estado de ánimo.

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    Recuerdo las instrucciones de mi mentor, cierro los ojos durante cinco minutos, escuchando mi cuerpo, amistándome con él, este viejo compañero que siempre olvido y que sin embargo nunca me abandona. Le voy a tratar como lo que es: mi mejor amigo. Le agradezco sus esfuerzos y le doy permiso para relajarse tras la tensión de esta mañana.
    Somos analfabetos emocionales. Ni tan siquiera distinguimos la diferencia que hay entre los términos sensación, emoción, sentimiento y estado de ánimo. Sin embargo, ahora cada vez soy más consciente de que si no me siento bien, soy incapaz de trabajar con un mínimo de efectividad.

    En el cole se preocupaban de adiestrar (y atormentar muchas veces) nuestro cerebro para obsesionarlo con altos rendimientos en memorizar largas listas de nombres, fechas, raíces cuadradas, la tabla periódica de los elementos,…Cientos y miles de conceptos que aparte de hacernos sentir máquinas, sólo incentivaban el castrar nuestra creatividad. Se nos exigía convertir nuestro intelecto en un procesador poderoso. Pero si el día del examen final no te sentías bien, si sentías miedo, aunque te supieras la lista de los reyes Godos perfectamente, probablemente tu memoria desaparecería justo hasta que salías del examen: todo el conocimiento acaudalado desaparecía por completo debido a una emoción mal gestionada. Entonces, ¿por qué no nos enseñaron a gestionar nuestras emociones, antes de hacernos empollar?

    Así es como nos sentimos en esta empresa. En la reunión de esta mañana, cuchillos invisibles volaban cada vez que el presidente levantaba la cabeza. En cuanto abría la boca todos nos sentíamos fatal, por él y por nosotros. La situación es dura, pero el tono de estas reuniones empeora mucho más las cosas. Todas sus afirmaciones buscaban un culpable en lugar de una solución. ¿Por qué reaccionamos visceralmente ante las crisis en lugar de gestionar con inteligencia? La emocionalidad nos puede. Todos nos hemos sentido injustamente tratados, despreciados o examinados, igual que el día del examen final de matemáticas o de historia, y nadie ha sido capaz de responder con integridad las amenazantes y desmotivadoras palabras de nuestro asustado presidente. Todos, incluido él, vivimos constantemente las mismas pruebas. Es como si no hubiéramos salido del colegio todavía. Y es que, en parte así es.

    Seguimos dejándonos llevar por nuestra emocionalidad, sufriendo las consecuencias en una vida de baja calidad emocional y apartándonos de nuestro bienestar y en momentos de crisis parece pecado soñar con ser feliz. Y sin embargo, nuestra efectividad profesional depende completamente de nuestro equilibrio emocional. Démonos permiso para ser felices en todo momento y sabremos superar las crisis con efectividad.

    Pero, ¿cómo alcanzar la felicidad si ni tan siquiera nos han enseñado a saber lo que sentimos? ¿Podría dirigir un departamento sin conocer mi equipo? ¿O conducir un coche sin haberme sentado jamás al volante? ¿Cómo voy a poder gestionar mis emociones si no sé qué siento? El intelecto, por muy bien desarrollado que esté, es ineficaz sin un adiestramiento emocional paralelo.

    En estos momentos, mi cerebro necesita un “reset”, como los ordenadores cuando están bloqueados. Empezaré por lo más esencial: centrarme en las sensaciones que percibe mi cuerpo. Sencillamente, quiero ser capaz de parar mi pensamiento para concentrarme en sentir mi cuerpo. Tomar consciencia de mi cuerpo. Eso implica darme permiso para dejar pasar el tiempo, sin que me sienta culpable por no estar haciendo tareas profesionales. Hay que saber parar antes de que el cuerpo se resienta y baje su rendimiento o se rompa…

    Hoy, me doy permiso para empezar a sentir las sensaciones de mi cuerpo, como primera medida para empezar a conocerme.
    Veamos si hoy consigo que nadie me moleste. Porque lamentablemente si alguien me descubre con los ojos cerrados, prejuzgará que estoy durmiendo, en lugar de darse cuenta que estoy haciendo algo necesario para poder seguir trabajando. Nuestra cultura valora más la imagen que el contenido. Nutrirme emocionalmente es un ejercicio vital: centrarme, descontaminarme del miedo imperante en esta empresa para ser capaz luego de recuperar mi efectividad profesional. Si alguien entra ahora, se va a creer que estoy fatal o que paso de todo. Y se trata de todo lo contrario: no me quiero volver loco. Creo que se entendería mejor que estuviera chateando que no que me vieran meditando…

    Nos educaron para hacer, más que para ser. En esa loca carrera por conseguir metas, nos hemos olvidado de nosotros mismos. Ni tan siquiera nos han enseñado a gestionar nuestro cuerpo más allá de una tabla de gimnasia. Y por supuesto, las emociones ni tocarlas, no vaya a ser que sintamos demasiado y nos vayamos a convertir en unas lloronas. Más vale poner cemento armado encima de nuestra emotividad. Pero claro, si nos desconectamos emocionalmente para no sentir el dolor, menos aun vamos a ser capaces de sentir el placer. Desconectar significa desconocer lo que sucede en nosotros y cómo repercute en el cuerpo. Por eso vamos cargando y cargando y descubrimos que hemos sobrepasado el límite cuando nuestro cuerpo ya no puede más y cae enfermo o bien víctima de un agotamiento emocional: surmenage, estrés, burn-out, depresión, etc.

    Qué difícil es parar el cerebro, hace ya 10 minutos que estoy intentándolo y “el tío” no ha callado. Todo el rato argumentando y quejándose en lugar de callar… Pues vaya buen alumno de pensamiento positivo estoy hecho. Voy a contar de cien a cero mientras respiro profundamente…

4 comentarios

  1. # Eugenia comenta el Julio 6th, 2010 a las 23:48:

    Me ha encantado eso de que “en momentos de crisis parece pecado soñar con ser feliz”. Me declaro pecadora… reincidente… jua jua jua Da qué pensar en lo que nos han hecho creer…

  2. # Martin comenta el Julio 8th, 2010 a las 14:04:

    Concuerdo completamente contigo Tino, que dificil es lograr desentrañar la madeja de las emociones… las mujeres la tienen más fácil, pero hasta para ellas es complicado. Personalmente tuve dos libros y tres pérdidas que hicieron que tire abajo las paredes de concreto armado que levanté alrededor de mis emociones que se las recomiendo a cualquiera, Inteligencia Emocional de Daniel Goldman, super técnico pero muy real, y “El caballero de la Armadura Oxidada” de Robert Fisher.

  3. # guillermo ramos comenta el Julio 12th, 2010 a las 13:41:

    Ahora sí que estamos experimentando la “soledad” del directivo. Pocas son ya las fuerzas que me quedan para levantarme de la lona y seguir luchando. A veces deseo que con un buen derechazo me tumben en la lona, cuenten 10 y acabe todo. Lo peor de esta crisis será que el sufrimiento de los directivos no se borrará y si no queremos levantarnos de la lona y seguir luchando será España la que perderá a sus mejores combatientes para salir de la crisis.

  4. # Tino Prat comenta el Julio 14th, 2010 a las 22:41:

    Efectivamente, Eugenia, está mal visto ser feliz. Recuerdo un amigo que tras enviudar no conseguía recuperarse porque cuando trabajaba se olvidaba de su joven difunta esposa e inmediatamente se sentía culpable por no estar triste…

    Sí Martín, el mejor y más profundo aprendizaje se produce con el dolor. Tus pérdidas fueron tu bendición, porque gracias a ellas aprendiste.

    Tienes razón Guillermo, en que tenemos que aprender a transmutar el sufrimiento o de lo contrario la desilusión y consiguiente desmotivación acabará con una de las virtudes de nuestra sociedad. la creatividad y la emprendeduría.

    Hay que saber aprovechar todos los recursos, especialmente los negativos, para aprender y crecer. El dolor es el mejor impulsor del crecimiento si se está abierto al aprendizaje y si se le pierde el miedo a SENTIR emociones. El mundo emocional no es tan complicado cuando uno lo afronta con serenidad y valentía.

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