Juan Manuel y Lucía

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Hablando de matrimonios, siempre me ha atraído detenerme a pensar qué virtudes de un hombre o una mujer se deben o se han visto potenciadas por su cónyuge.

Es decir, en qué medida hay personalidades cuyas entretelas es preciso buscarlas en las circunstancias biográficas y en las personas con quienes más íntimamente conviven. Como reza el dicho popular: «detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer», y viceversa.

Según cuenta Lucía Urbán, ella había sido educada para «hacer» una buena esposa y madre de familia, por lo que cuando se casó con Juan Manuel González Serna, decidió abandonar sus perspectivas profesionales para seguirle a Barcelona donde cursaba un master de administración de empresas. Terminado el curso, el joven matrimonio se afincó en Ciudad Real, tierra de origen de Juan Manuel, para que así pudiera dedicarse plenamente a la gestión de los intereses de la empresa de su familia.

Debido a una crisis en la Empresa Familiar, Juan Manuel decidió cortar los lazos de negocios con su familia, lanzándose a una nueva aventura: adquirir una factoría en tierras castellanas para relanzar una explotación del sector alimentario, pastas y galletas, principalmente. Hoy resulta ya bastante conocida por sus marcas «Ardilla», «La Familia», «Siro» o «Reglero», entre otras.

Su mujer Lucía comenzó por entonces a interesarse por los negocios del marido y a compartir la atención diaria de la empresa. Al principio, se sentaba en una mesa contigua a la de Juan Manuel y así, con las sucesivas entradas y salidas de los empleados para comentar los mil y un detalles del día a día, se inició en la difícil terminología empresarial. Con el paso del tiempo, la empresa fue adquiriendo mayor dimensión y Lucía más formación y responsabilidad, que además supo aprovechar orientando sus cualidades naturales hacia los campos en los que se mostraba más útil y eficaz: las relaciones institucionales, los recursos humanos y el marketing.

Es posible que todo haya sido finalmente fruto del azar pero no creo que fuera así. La cuestión es que justamente la falta de formación inicial de Lucía en cuestiones de empresa, en conocimientos por así decir «técnicos» o «directivos» en el campo de la gestión, hizo posible que su aportación tuviese una raíz más humana, más cercana al sentido común y a los valores. Simultáneamente, los datos de crecimiento del Grupo Siro eran demoledores, aumentando su facturación en un 1.300% en sólo diez años. Más adelante, supe que Juan Manuel había sido el impulsor de la asociación Empresa Familiar de Castilla y León, de la que actualmente es Presidente Honorario, y que había recibido la distinción de «empresario ético del año», lo cual me confirmó que había más valores, además de los buenos resultados, en ese proyecto empresarial.

Pero fue relativamente hace poco más de un año, cuando el Grupo Siro, propiedad de ambos -Juan Manuel González Serna y Lucía Urbán-, al asumir el reto de reflotar la factoría y contratar a los antiguos trabajadores de Fontaneda en Aguilar de Campoo, demostraba un nivel de compromiso social que no está al alcance de muchos empresarios. Y, para ahondar en ello, se situaban como un grupo empresarial líder en implementación de programas de contratación de discapacitados y personas con disminuciones de carácter físico o psíquico.

Por todas estas razones, y después de haber compartido mesa con ambos en alguna ocasión, mantengo el convencimiento íntimo de que todos esos logros para Juan Manuel González Serna no habrían sido posibles sin la aportación, insustituible, de su mujer, Lucía Urbán; y que Lucía, no habría descubierto todas sus capacidades para el mundo de la gestión, sin el talante audaz y la iniciativa de Juan Manuel. Y me parece que, al menos de vez en cuando en este mundo tan sexista «machista o feminista, me da igual-, es de agradecer que haya personas que con su ejemplo y de manera espontánea nos recuerden la vida que vale la pena vivir.

 

autor Carlos Arbesú Riera